José Visconti, una sonrisa al servicio de Dios

Entre el periodismo y la religión
José Visconti, una sonrisa al servicio de Dios
Dos diagnósticos de cáncer nunca vulneraronsu fe, acompañó a Juan Pablo II en su viaje por toda América Latina y dedicó su último libro al papa Francisco. Tiene 67 años de edad, 44 de casado y toda una vida siendo “testigo del evangelio”

Félix R. Gutiérrez Rodríguez | @felixgr71

Si Jesús de Nazaret hubiera sido periodista, se habría parecido mucho a José Visconti. Este veterano de los medios de comunicación soñaba con convertirse en el primer papa latinoamericano de la historia, pero los deportes, la televisión y los micrófonos inclinaron el camino hacia su otra gran pasión: el periodismo. Actualmente se dedica tiempo completo a dar clases en la Universidad Católica Santa Rosa (Ucsar), en la misma sede donde hace más de 50 años se formó en la fe cristiana y aprendió a “hacer de cada día un obsequio para El Señor”. ¿Cómo? Con una sonrisa que siempre la saca de jonrón.

En el jardín de esta casa de estudio inmersa en la parroquia La Pastora, en Caracas, Visconti, siempre atinado en su vestimenta: corbata, saco y zapatos pulidos, suele sentarse en algún banquito para conversar por largo rato con todos los estudiantes que se le acercan. “Es el rockstar de la universidad”, suelta su alumno Juan Da Ponte. Sus pláticas abordan todo tipo de temas, pero siempre llevan de aderezo “la palabra de Dios”.

Así empezó este hombre sus andanzas por el mundo: desde chiquito jugaba a dar misa y, en vez de imaginarse como policía, bombero o doctor cuando fuera grande, se veía en unos años con sotana y leyendo la biblia. Quizás porque fue un acto de fe lo que hizo que sobreviviera a un diagnóstico médico fatal para la época: estenosis pilórica, una lesión obstructiva del músculo del píloro que impide el paso de alimentos entre el estómago y el intestino delgado. Encomendado al Nazareno, ese bebé nacido el 30 de diciembre de 1948 protagonizó la primera piloroplastia exitosa realizada en el país, y de allí en adelante, “púyalo, que no vienen carro”, como dice él.

Los primeros pasos

Sus deseos iban encaminados cuando decidió ingresar al Seminario Interdiocesano de Caracas, en la misma casa donde hoy da clases de periodismo a los estudiantes de la Ucsar. Su madre, María Teresa Heras, y su padre, Rafael Visconti Seijas, se ilusionaron con la idea de tener a un sacerdote en la familia, hasta que, siete años más tarde, Visconti conoció un nuevo amor, y no precisamente a su esposa, María Teresa País. “Yo lo encontré afuera; no fue que lo saqué”, aclara ella entre risas sobre los rumores que la apuntan como responsablede ese cambio. Si hubo un culpable porquitarle el hábito, ese fue el periodismo.

“Yo quería ser corresponsal de guerra”, explica Visconti, quien para ese entonces fue testigo del boom mediático de la guerra de Vietnam. Por eso ingresó a la escuela de Periodismo de la Universidad Central de Venezuela (UCV), donde se enamoró perdidamente de la mujer de quien actualmente sigue enamorado. Allí, la persistencia de José y la disciplina de María Teresa se conjugaron para dar inicio a una relación que lleva 44 años con la bendición formal de la Iglesia. Su esposa cuenta que aunque al principio le daba larga a aquel “muchacho disperso”, terminó cediendo ante sus encantos. “Es muy insistente. Lo que no le sale bien puede repetirlo 60 veces”, comenta su compañera de vida y también de profesión.

Visconti recuerda que el gran empujón hacia los medios de comunicación se lo dio su padre de carrera, Héctor Mujica, primer director de la Escuela de Periodismo de la UCV. Así empezó en el diario La República, donde se aproximó a su afán de ver accidentes, en la fuente de sucesos. De allí emprendió un camino por muchas de las grandes casas editoriales del país: La Verdad, El Nacional, El Universal y el Diario de Caracas. De este último periódico rescata uno de sus momentos más maravillosos cuando fue jefe de Deportes. Pero el encanto duró hasta 1995, fecha límite para el mítico tabloide caraqueño.

Llegó, “deportivísimos amigos”

Aunque se cerró una puerta, se abrió otra. La pantalla chica le ofreció un medio con el que consolidó su carrera y llegó al corazón de millones de venezolanos: Meridiano Televisión. Durante la década de los 90 y la primera década de los 2000, Visconti fue la imagen viva del canal de los especialistas en deportes. Era común ver al carismático periodista deseándoles buen apetito a sus “deportivísimos amigos” en las ediciones meridianas del noticiero, o refiriéndose a sus “súper Leones del Caracas” cuando hablaba de béisbol venezolano. ¿Cómo olvidarsus publicidades cada mundial de fútbol? “Si no es Panini, es chimbini”, rezaba la frase que llevaba a todos los televidentes a comprar este álbum de barajitas.

Sin embargo, la magia del hombre que la sacaba de jonrón fue diluida por las demandas de los tiempos modernos. Los trucos y la vitalidad de aquel señor de traje parecían que ya no llenaban los intereses de los nuevos directores del canal y progresivamente fue marginado. Finalmente renunció ante los infortunios de quienes aún considera su familia. Como el propio Jesús, también tuvo quienes le dieron la espalda. “Yo soy de las que cree que el segundo cáncer se lo debe al Bloque de Armas (empresa encargada del canal)”, confiesa su esposa María Teresa.

Visconti fue diagnosticado con cáncer de próstata tras su salida de Meridiano. La terrible enfermedad lo visitaba por segunda vez en su vida: luego de superar un tumor maligno de piel, tenía que enfrentar otro diagnóstico crítico en la nobleza de su cuerpo. Pero “fue un gran camino para encontrar a El Señor”, expresa este devoto.

“Él nunca le dio a eso un tono trágico”, asegura su hijo mayor, Armando. La enfermedad pasó a segundo plano cuando se enteró de que iba a ser abuelo. Aferrado a esa prédica del apóstol Pablo que dice: “Yo completo en mi cuerpo lo que le falta a la pasión de Jesucristo”, y a las manos milagrosas del doctor Nicolás Medina, Visconti superó esta gran prueba para luego recibir un regalo mayor: su primer nieto, Juan Pablo, como el antiguo papa. No podía llamarse de otra forma.

“No me alcanzará la vida para entenderlo ni comprenderlo”, admite Visconti cuando se le pregunta sobre Juan Pablo II. Inolvidable es para él cuando lo conoció en su visita a Venezuela en 1985 y 11 años después fue seleccionado como parte de la comitiva oficial que acompañó al papa por toda América Latina. “Uno de los regalos más bellos de mi vida”, esboza Visconti con una mirada de júbilo.

Hágase tu voluntad, Señor

De “el papa bueno”este periodista aprendió a tener una fe inquebrantable para aceptar los dictámenes de Dios y ser cada vez más digno de su palabra. Aunque dice que se encuentra en “un paréntesis porque no hay canales disponibles”, si su Señor lo dispone, le gustaría “volver a la televisión”.

Su esposa, María Teresa, cree que la salida de Visconti de los medios de comunicación fue forzada: “Él tenía todavía mucho para dar”. El regocijo de los salones de clase no es el mismo que le dejaban la pantalla ni los micrófonos porque “la docencia es algo sobrevenido para cualquier profesional. Ningún periodista se forma para formar”, como opina su hijo Armando.

El mayor de los Visconti País confiesa que si bien han llegado ofertas recientes de algunos canales de televisión, no se parecen a su papá porque implican que empiece desde cero, como productor independiente: “Él no va a hablar de negocio ni de plata porque ni sabe, ni quiere ni le interesa”.

Hoy día Visconti aplica la máxima que su padre siempre le recordaba: “No es querer hacer todo lo que uno quiere, sino querer todo lo que uno hace”. Por eso agradece las oportunidades que Dios le puso en el camino. Confiesa sentirse estupendamente formando a los periodistas del futuro, y hasta tuvo tiempo para escribir su libro Francisco, el papa de los pobres, una obra publicada en 2014 que resume parte de la vida del actual sumo pontífice.

Sigue firme pese a los problemas de salud que aún le coquetean, “siempre mirando a través de los ojos y el corazón de Dios”. Para él, su misión en la vida no ha cambiado: “portarme bien con la gente, ayudar a los demás y ser un testigo del evangelio”. De lunes a viernes, trabaja; sábado y domingo, comparte con la familia. La mayoría de sus horas pasan entre oraciones, libros y jóvenes. “Su vida es escribir de deportes”, confiesa su esposa, y él guarda la esperanza de volver a hacerlo antes de despedirse de este mundo. Cuando El Señor así lo disponga, José Visconti quiere que lo recuerden como se siente: “Un hombre que siempre fue feliz”.

 IMG_0338.JPGNota realizada para una actividad universitaria 

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